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17 Ene 2015

Sufrir menos y disfrutar más del amor

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Contra la cultura del sufrimiento, ¡alegría de vivir, y ganas de disfrutar! En este post Coral Herrera analiza la sublimación del sufrimiento romántico y desmonta la idea de que para amar de verdad hay que sufrir y pasarlo mal. Bajo el lema “otros romanticismos son posibles”, la autora apuesta por la transformación colectiva de las emociones y los sentimientos, y la construcción de nuevas formas de querernos basadas en la ternura social, el compañerismo, el cariño, la generosidad, la empatía y el disfrute.

 

En el amor sufrimos por muchas y variadas causas. La primera de ellas es que nos gusta sufrir por amor: toda nuestra cultura amorosa sublima el sufrimiento como la quintaesencia del romanticismo: parece que sin dolor, no hay entrega  verdadera. Muchas de las novelas y películas de amor nos representan la pasión como una emoción negativa que nos invade y nos convierte en monstruos, que nos arrastra hacia abismos insondables, que nos hace cometer locuras, que saca lo peor de nosotras mismas. En la mayor parte de nuestros relatos y canciones, pareciera que cuando Cupido lanza su flecha, nos condena para siempre a sufrir por amor…  y que nosotras no podemos hacer nada excepto resignarnos ante la omnipotencia del amor.

Debido a esta asociación entre romanticismo y sufrimiento, el romántico es siempre una víctima que sufre porque sus sueños no se hacen realidad, y porque al sublimar  su dolor, lo exhibe como muestra de su inmensa capacidad de amar. Pero no ama jamás sin pedir a cambio, de ahí la batería inmensa de reproches y reclamos de la persona enamorada que se entrega a los placeres del sufrimiento, y todo lo que ello conlleva: insultos, humillaciones, comentarios despreciativos, juicios de valor, amenazas, chantajes y sobornos emocionales hacia la persona o el objeto de nuestro amor.

Nuestra cultura amorosa cree que del amor al odio hay una delgada línea que es fácil traspasar: si no te corresponden, si no te aman como crees que te mereces, si te han hecho creer que te amaban pero no te amaban, si te dejan de querer, puedes odiar y tratar de despertar la solidaridad de tus allegados para que todo el mundo odie al desalmado o a la desalmada que te ha roto el corazón. El despecho justifica cualquier barbarie, por eso los periodistas machistas siguen llamando a los asesinatos de mujeres “crímenes pasionales”, que siempre tienen un motivo: ella le engañó, ella provocó sus celos, ella lo abandonó… (por lo tanto, es normal que él perdiera la cabeza).

El sufrimiento sentimental no solo está mitificado en el imaginario colectivo, sino que además legitima cualquier acto de crueldad hacia la amada o el amado: basta con echar un vistazo a los carteles que inundan las redes sociales con comentarios despreciativos contra aquellos que no te aman, que dejaron de amarte, que te engañaron con sus artes para hacerte ilusiones y alimentar tus fantasías. En estos casos, la capacidad para la autocrítica es cero: el mensaje que lanzan las personas inocentes, sensibles y amorosas es que ellos jamás han roto un corazón en su vida, y los culpables de sus naufragios amorosos son siempre son los demás.

El amor también nos hace sufrir porque lo mitificamos e idealizamos como fuente de felicidad eterna (cuando es correspondido plenamente, cuando se puede vivir sin obstáculos de ningún tipo, rodeado de abundancia y bienes materiales).  En los cuentos de hadas las historias de amor siempre acaban el día de la boda: un relato nunca empieza desde el final feliz para mostrarnos cómo es la vida en pareja, y las dificultades por las que atraviesan las relaciones amorosas a través de los años. En los cuentos no nos hablan de los efectos de la rutina, el egoísmo, la comunicación, la convivencia, las luchas de poder… porque las historias de amor son para entretenernos y para escapar durante un rato a un mundo feliz que no es el nuestro.

Esta sublimación del romanticismo en las películas y las novelas choca frontalmente con la realidad, y es otro de los motivos por los que no es fácil disfrutar del amor en toda su plenitud: las decepciones que sufrimos se deben a nuestras altas expectativas en torno a lo que desearíamos que fuese  el amor. La realidad de la vida cotidiana es más gris y aburrida, y no existen personas perfectas  que calcen a la perfección con nosotras: nos han vendido unos mitos como el del príncipe azul que sólo nos sirven para mantenernos entretenidos y entretenidas buscando a una persona perfecta que encaje con nosotras a la perfección. Esta pérdida de tiempo y energías en alcanzar lo que no tenemos, nos impide amar a personas de carne y hueso, tal y como son, porque no encajan en el modelo que nos han vendido en las películas con final feliz. A los hombres les sucede lo mismo: les han vendido el mito de la princesa obediente, sumisa, bella, encantadora, pasiva, perfecta, dulce y eternamente enamorada, pero nosotras ni tenemos sangre azul, ni somos un derroche de virtudes, ni hemos nacido para amar incondicionalmente a un hombre.

No podemos disfrutar del amor en su plenitud porque tenemos poco tiempo para amar. La vida posmoderna está llena de obligaciones, horarios y rutinas que nos hacen caer literalmente desplomadas al final del día. Ese es el momento que tenemos para tener una buena conversación con nuestra pareja, para jugar entre las sábanas y hacer el amor, pero no podemos pasar la noche entera en vela retozando porque al día siguiente hay que trabajar y resolver mil y un asuntos pendientes. Las estadísticas nos indican que la gente elige los sábados y domingos para tener relaciones íntimas, pero el fin de semana suele estar también plagado de compromisos sociales, familiares y domésticos, y pasa volando… Reservar una tarde o un fin de semana entero para dedicarse al amor es poco menos que imposible, porque cada vez tenemos menos tiempo para detener los relojes y entregarnos a los placeres de la vida con nuestras parejas, si las tenemos.

El gran  obstáculo para disfrutar de amor, sin embargo es el miedo. El miedo al futuro, el miedo a la soledad, el miedo a que se acabe nuestra relación, el miedo a ser rechazada, el miedo a que la otra persona te sea infiel, el miedo a no encontrar el amor de nuevo… perdemos muchas horas al día ancladas en el “¿y si…?”, una estructura que nos permite anticipar situaciones que no se han dado.

Puede sonar raro, pero muchas personas sienten placer imaginando desgracias durante un rato, construyendo realidades basadas en la ruptura o la traición, gozando con sentimientos terribles  como la sensación de abandono. No tiene mucho sentido perderse en catástrofes imaginarias, creo, porque no podemos predecir el futuro, y tampoco controlarlo. Quizás por eso para disfrutar de una relación es fundamental tener la capacidad para disfrutar del presente, para deleitarse en cada instante desde el aquí y el ahora.

Otro obstáculo para disfrutar del amor es centrar todos nuestros afectos en una sola persona, pues el amor es un sentimiento universal que se puede sentir hacia la vida, hacia la existencia, hacia la naturaleza, hacia los animales, hacia nuestra gente querida, hacia la familia, la vecindad, y las personas  de carne y hueso a las que vemos a diario y forman parte de nuestra cotidianidad. Relacionarse amorosamente con nuestro entorno nos hace sentir más generosas y más ricas en afectos, y en la medida en que los demás perciben y reciben tu trato amoroso, es más fácil despertar en ellos y ellas los mismos sentimientos de cariño.

Extendiendo nuestros afectos a la comunidad de la que formamos parte, nos sentiríamos menos solas y necesitadas, por eso nuestras relaciones podrían ser más sanas y libres.

Sin embargo, no tenemos muchos mecanismos para relacionarnos amorosamente con el entorno: sostenemos luchas de poder con los vecinos y vecinas, con los compañeros de trabajo, con la jefa o la presidenta, con la compañía de teléfono, con el policía que quiere multarte, con tu madre, con tu padre, con tus hijas e hijos, con tu pareja. A diario libramos batallas para ganar, y somos egoístas porque en ellas defendemos nuestros intereses frente a los intereses de los otros. También gastamos mucha energía en tratar de que no nos ganen a nosotros, en que no nos pisoteen, en defendernos de los egoísmos de los demás, y en medio de estas peleas a muerte, estas guerras silenciosas, estas tensiones y rencores acumulados, sufrimos mucho. Porque atacamos y nos atacan, acusamos y malinterpretamos, decimos barbaridades en caliente que no querríamos haber dicho, sacamos las cosas de quicio, sacamos los trapos sucios, aprovechamos para explotar y desahogarnos de otras tensiones…

Las luchas de poder entre los enamorados se traducen en un lento, pero inexorable camino hacia el desamor. Las peleas con un alto contenido en reproches que acaban en gritos o llantos van separándonos progresivamente de la otra persona, y dejando daños en el otro o en nosotras mismas que a veces resultan ser irreparables. En el afán por dominar a la otra persona, o lograr lo que una desea, entramos en guerras dolorosas que van deteriorando nuestras relaciones. Si pudiésemos dialogar con mayor fluidez, pactar con generosidad, comunicarnos desde el corazón, ceder, acordar, debatir, reflexionar con la otra persona, ponernos en el lugar del otro… nos sería más fácil convivir y disfrutar de una relación sentimental.

Sufrimos por amor porque no hemos recibido educación emocional y no sabemos cómo gestionar las emociones. Nos enseñan a reprimir la ira, el sentimiento de abandono, la alegría desbordante, la pena más honda, los celos, el deseo sexual… los únicos referentes emocionales que tenemos son los que nos ofrecen los cuentos y las películas, generalmente basados en estructuras de dependencia, de dominación-sumisión, de sacrificio y entrega. Son estructuras que no nos sirven para relacionarnos de igual a igual. Si desde la infancia nos diesen herramientas,  aprenderíamos a expresarnos sin dañar al otro, a discutir sin violencia, a  resolver conflictos sin perder el buen trato, a querer sin depender, a ser solidarios, sinceros y a tratar bien a las personas que se enamoran de nosotras o de las que nosotras nos enamoramos.

También sufrimos porque no elegimos bien a nuestro compañero/a. Generalmente cuando conocemos a una persona todos mostramos nuestra mejor cara, y ocultamos nuestras manías, nuestro mal humor, nuestros defectos y carencias. Tratamos de parecer simpáticos, generosas, amables, y cuerdos para impresionar favorablemente a la otra persona, y luego cuando nos vamos conociendo mejor, vamos descubriendo esos defectos. El impacto que provoca en nosotros este descubrimiento depende de la mitificación o idealización que hayamos construido en torno a esa persona: cuantas menos expectativas tenemos, menos nos decepcionamos.

Es importante querer a la gente tal y como es, por eso mismo es importante elegir a una persona que sea buena gente, que su comportamiento y su discurso sean coherentes, que sea generosa y tenga ganas de compartir. Necesitamos tiempo para conocernos bien, de modo que lo mejor es ir despacito: enamorarse a ciegas, crearnos espejismos o que nos los fabriquen puede ser muy doloroso, porque la realidad siempre acaba imponiéndose. Es importante leer las señales para saber si la persona con la que nos estamos relacionando está sana mentalmente, si es una persona violenta o agresiva, si es una persona mezquina, mentirosa o manipuladora… basta con observar el modo en el que esa persona se relaciona con los demás: con sus ex, con sus vecinos, con un camarero en un bar…

Nos hace sufrir mucho la falta de herramientas para resolver nuestras propias contradicciones internas, que nos hacen sufrir porque nos mantienen confusas, indecisas, vapuleadas por el contexto posmoderno que habitamos. El romanticismo es la nueva utopía emocional de corte individualista que nos sigue marcando las metas, los mitos, los roles, y las identidades: necesitamos sentirnos especiales, necesitamos sentirnos únicos, y necesitamos sentirnos imprescindibles, y solo el amor basado en la exclusividad nos aleja del anonimato y de la soledad. Queremos libertad, queremos compañía, luchamos por ser independientes, pero necesitamos a la gente. Queremos soltar y queremos atarnos…las emociones contradictorias nos hacen dudar de lo que realmente queremos, y de lo que sentimos, y hasta de quiénes somos. Perdemos muchos años de nuestras vidas ancladas en la falsa separación entre mente y cuerpo, razón y emociones, deseos y deberes. La poesía sublima estas contradicciones con hermosas metáforas, pero en la vida real nos paralizan completamente, y nos hacen sentir permanentemente divididas y desorientadas, porque pensamos el mundo con las estructuras patriarcales del pensamiento binario: como si la noche fuese lo contrario del día, como si el bien fuese lo contrario del mal, lo masculino fuese lo contrario de lo femenino, etc. Y por eso nos sentimos obligadas a elegir: sólo nos dejan ser una parte, no el todo. O eres una mujer buena, o eres una mujer mala. O eres inocente, o eres culpable. Esta falta de matices nos pone contra la espada y la pared constantemente. Pensando así, además, no nos percibimos jamás como seres completos, sino medias naranjas que necesitan otra media para ser felices.

Buscar la felicidad también nos hace infelices, obviamente. Pensamos siempre que la felicidad está en otra parte y por eso esa sensación de impotencia cuando la felicidad no llega. Creemos que la felicidad está en personas, en objetos, en puestos de trabajo, en el dinero, en la fama o el reconocimiento social, por eso es tan frustrante cuando alcanzamos esas metas y no nos sentimos desbordantes de felicidad.

Para sufrir menos y disfrutar más del amor, lo primero sería tener ganas de sufrir menos, y disfrutar más. Esto es importante aunque suene muy obvio porque no todo el mundo disfruta disfrutando: hay mucha gente que disfruta sufriendo y si no tiene motivos, se los inventa. Así que tenemos que aprender a disfrutar, con nuestro disfrute, y con el disfrute ajeno (hay mucha gente que sufre también viendo disfrutar a los demás), y poner límites a la gente aguafiestas. Si eres tú la persona aguafiestas, lo mejor es que te lo mires y seas consciente de por qué te boicoteas a ti misma la posibilidad de estar bien o de pasar un buen rato, y por qué boicoteas a los demás.

Para sufrir menos y disfrutar más, deberíamos a aprender a amar en libertad a las personas, y practicar el desapego para no apropiarnos de ellas ni sentirlas “nuestras”. Podemos comprar sexo, pero no podemos comprar amor, ni obligar a nadie a permanecer a nuestro lado si no nos desea o no siente lo mismo que nosotras. Tenemos, pues, que aprender que la vida es un camino en el que la gente nos acompaña por ratitos, o por etapas: nuestros abuelos no son inmortales, nuestras madres y padres no duran para siempre, nuestros compañeros de escuela o de universidad no forman parte de tu cotidianidad cuando acaba la etapa estudiantil…. los novios y las novias van y vienen, a veces nos acompañan una noche maravillosa, otras veces son años de caminar por el mismo sendero… por eso es tan importante disfrutar del presente, y asumir que nada es eterno, aunque Disney nos diga lo contrario.

Para sufrir menos, entonces, tenemos que aprender a convivir con las pérdidas y los finales, terminar las relaciones con cariño y amor, y aprender a  disfrutar de los nuevos tiempos, las nuevas personas, las nuevas etapas. Creo que es necesaria una ética del amor que nos permita tratarnos bien y cuidarnos en todas las etapas de nuestras relaciones, lo mismo al inicio que al final. Empezar una relación, y terminarla, requiere altas dosis de generosidad, sinceridad, empatía, diálogo y afecto: podemos evitar las guerras del amor que tanto daño hacen (a nosotras mismas, y a nuestra gente querida), y vivir sin rencores perpetuos ni desgarros eternos.

Para disfrutar más de la vida, estaría bien deshacerse de la insatisfacción permanente que nos tiene siempre frustradxs, que continuamente nos lleva a querer más, o a desear algo mejor. Nos cuesta pararnos a pensar en lo bien que estamos, en lo felices que somos, en valorar las cosas que tenemos, los afectos de los que estamos rodeadas. Dedicamos mucho tiempo, en cambio, hacer inventario diario de lo que no tenemos, y pasar tiempo imaginando cómo todo se transforma por arte de magia cuando me toca la lotería, encuentro al amor de mi vida por fin, me ascienden en el trabajo, me voy de luna de miel a la otra punta del planeta… Cuanto más tiempo perdemos esperando el acontecimiento mágico que cambiará nuestras vidas, menos esfuerzos e imaginación dedicamos a cambiarlas nosotras mismas. Por eso creo que nos vendría bien un poco menos de fantasía romántica, y un poco más de trabajo individual y colectivo para mejorar nuestras vidas a todos los niveles (afectivo, sexual, económico, profesional, social, sentimental…)

Para que podamos disfrutar todos del buen querer, necesitamos repensar el amor, desmitificarlo, desmontarlo, despatriarcalizarlo, y volverlo a inventar. Tenemos que ensanchar el concepto de amor más allá de la pareja, disfrutar de los afectos sin jerarquizarlos, liberarnos colectivamente de la represión, la culpa, y el miedo. Este trabajo no tiene sentido si lo hacemos a solas: para poder relacionarnos de otras formas, tenemos que sacar el debate a las calles, y ponerlo de moda en las plazas, las asambleas, los congresos, los mítines políticos, las aulas, los foros,los bares, los parques, los platós de televisión, y las redes sociales.

Si logramos identificar las claves culturales del sufrimiento, de la desigualdad y del romanticismo patriarcal será más fácil que nos demos cuenta de que estamos en una estructura heredada que no hemos construido nosotros, que sufrimos todos y todas por las mismas cosas, y que ya es hora de ponernos a trabajar para cambiar las estructuras emocionales y afectivas con las que nos relacionamos, porque las antiguas no nos sirven para disfrutar del amor.

Para sufrir menos, y disfrutar más, tenemos, también, que responsabilizarnos de lo que sentimos, y construir herramientas que nos permitan  enfrentarnos a situaciones de alta intensidad emocional. Desde la autocrítica amorosa podemos trabajar para conocernos mejor, para identificar las claves de nuestro sufrimiento, y para trabajar en la coherencia entre nuestras emociones, discurso y acciones. El objetivo final sería poder comportarnos como adultas y adultos en el amor, ser dueñas de nuestros sentimientos y poder expresarlos, relacionarnos con los demás desde la libertad y la generosidad, y construir relaciones hermosas que nos hagan felices.

Creo que una de las claves para disfrutar más del amor es entrenar para desarrollar nuestra capacidad para estar presente y conectar con la persona a la que amamos y el momento en el que estamos. Permanecer en el aquí y el ahora sin pensar en el futuro, sin hacerse expectativas, sin miedo a lo que pueda pasar, sin apresurarse a dar los pasos establecidos tradicionalmente para las parejas. Disfrutando del presente nos hacemos dueñas del tiempo: es el lugar donde más vamos a amar, el espacio en el que más nos van a querer.

Si, podemos disfrutar del amor…  sólo tenemos que trabajarlo y pensarlo colectivamente, y echarle ilusión, energía, imaginación, y grandes dosis de alegría de vivir: tenemos que construir el amor día a día, romper con los modelos del romanticismo patriarcal, aprender a querernos bien, inventarnos nuevas estructuras emocionales, probar otras formas de querernos, aprender a relacionarnos desde el amor con el entorno que nos rodea, liberarnos de los miedos y de los mandatos de género, construir redes afectivas de solidaridad y compañerismo, y ensanchar el amor para que sea más grande, se reparta mejor, y nos llegue a todos y todas.

Coral Herrera Gómez

Coordinadora del taller on line “Señoras que… dejan de sufrir por amor”

Señoras que... dejan de sufrir por amor. 7ª edición 12 de enero 2015. Online

 

 

Aquí puedes leer todos los artículos de Coral Herrera en el blog de Campus Relatoras.

 

Si quieres conocer la trayectoria profesional de Coral Herrera, visita su página web.

Comentarios

  1. […] Hoy he ido a parar a un maravilloso artículo sobre la felicidad y el amor. Os dejo el link aquí. […]

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