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14 Mar 2017

Los recovecos del Placer / por Mentxu Abril

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Existen tantas prácticas sexuales como se quieran y tantas partes erógenas del cuerpo como tantas desarrollemos. Nuestro cuerpo es sensible por naturaleza, hecho para sentir, para tocarnos y deleitarnos con las sensaciones que nos producimos, así que también es potencialmente erótico en toda su totalidad.

En principio, tocarnos supondría una sensación placentera, de afecto y cuidado a una misma. Sin embargo, si tocamos una zona en la que tenemos un moratón o una herida, la sensación puede no ser tan placentera (o sí, depende de la persona) y de hecho si mantenemos una herida mucho tiempo una vez desaparecida puede que nos siga dando algo de “cosa” tocar esa zona por la asociación que hemos hecho entre displacer y esa parte corporal. Al igual que sucede con una herida física, también existen heridas emocionales y psicológicas que hacen que rechacemos algunas partes de nuestro cuerpo. Por ejemplo, si creo que mis pechos o mis genitales son feos quizá los ignore cuando me voy a duchar (o pase rápidamente por la zona), cuando exploro mi cuerpo, cuando me masturbo, cuando estoy con otra persona… llegando a sentir cierto rechazo e impidiendo tocarlos o que alguien los toque (directa o indirectamente). Quizá no presto atención a mis pechos porque los he asociado a una experiencia desagradable (dolor al estimularlo o estimulación no deseada, cáncer de mama, etc) o quizá ignore mis genitales porque los he asociado a ideas como la de que tocárselos a una misma para darse placer es absurdo cuando me lo puede hacer otra persona o porque me resultan sucios.

Otras veces ignoramos partes de nuestro cuerpo sencillamente porque no las tenemos en cuenta, no hemos aprendido a darles importancia y por tanto no les prestamos atención durante la experiencia sensorial, aun cuando son tocadas a veces no intentamos apreciar qué sensación nos estamos provocando. Puede que no nos fijemos en la sensación que nos provocan unos dedos tocando nuestro pelo o la que provocan unos pies cuando rozan mi pierna o unos labios cuando besan mi brazo, mi frente o mi axila (por poner sólo unos pocos ejemplos).

Además de la experiencia individual sobre displacer o placer siempre va unida a esta la vivencia social, es decir, aquello que se refuerza en una sociedad como placentero, atractivo e importante, y aquello que se estima como poco valioso, imperfecto y negativo. Asumimos gran parte de lo que llega por esta vía sin cuestionarlo ni dar un vuelco a estos mensajes restrictivos y, muchas veces, perfeccionistas como “qué pechos son los más bonitos”, “qué pene es el adecuado” (¿para qué?), “qué vulva es más agradable a la vista”, “qué labios son más sensuales”, “qué tipo de pelo produce una sensación más agradable al acariciarlo”… marcando así no sólo qué partes son dignas de atención al ser destacadas, sino además cómo han de ser para ser deseadas, queridas y cuidadas, y por tanto, marcando aquello a lo que debemos o no prestar atención.

De esta manera permanecemos en un estado de no integración corporal en la que unas partes se consideran más importantes que otra,  e incluso, dejamos de atender a unas para obsesionarnos con la forma, el tamaño o el color de unas pocas… Eso hace que, más o menos directamente, coloquemos según que prácticas corporales o físicas e imaginativas a unas partes en primera línea y a otras en segunda… e incluso tercera y hasta en la inexistencia, de forma general, constante y repetitiva. ¿Malo? ¿Bueno? Limitante cuanto menos. Así, cuando fantaseamos o entramos en contacto físico con nuestro cuerpo o el de otras personas, muchas veces estimulamos, atendemos y nos deleitamos con una parte y dejamos de lado el todo.

Fisiología y educación se juntan para que haya un imaginario social e individual en el que se ven reforzadas algunas formas de estimulación en según qué zonas, pero no siempre representa o estimula la gama de diversidad que podríamos tener o que de hecho tenemos, y mucho menos potencia el autodescubrimiento a través de una exploración libre, sino que más bien nos proporciona una guía exacta sobre lo que nos va o tiene que gustar y les gusta a las otras personas. Traemos un mapa fisiológico que incluye zonas más sensibles que otras, pero ese mapa se puede desarrollar a través de la experiencia, de las actitudes y creencias, y de la estimulación con diferentes resultados, potenciando o inhibiendo la sensibilidad del cuerpo en su conjunto y de sus partes.

Respecto a la estimulación y la producción de placer o dolor hay que aclarar que los umbrales de ambas sensaciones son muy cercanos y que en determinadas partes del cuerpo especialmente sensibles por el gran número de terminaciones nerviosas que poseen, la misma estimulación puede producir una sensación ambigua entre placer y dolor. De hecho, el dolor producido en el cuerpo puede resultar psicológicamente placentero de manera que no voy a usar placer y dolor como términos opuestos. También puede suceder lo mismo con partes que en comparación con otras no tienen tantas terminaciones nerviosas, pero la experiencia asociada hace que se desarrolle como una zona muy sensible para la persona.

Una técnica para trabajar por la integración corporal y el (re)descubrimiento de partes y formas de estimulación placenteras a nivel individual es el Placereado o Focalización Sensorial. Puede hacerse individualmente o con más personas y consiste, de forma resumida, en un masaje con besos, caricias y todo lo que se nos ocurra y apetezca a lo largo de todo el cuerpo (con los ojos tapados aumentamos la percepción a través de otros sentidos), y la idea es ir haciendo lo que nos pida el cuerpo, aprendiendo de cada sensación e indagando rincones a los que no solemos prestar atención, deleitándonos con los placeres del contacto con nuestra piel. Suele ser de ayuda ambientar antes el espacio donde vamos a hacerlo (con elementos como música, velas, incienso, perfume y demás complementos que nos gusten y nos ayuden a entrar en la experiencia), así como elegir un espacio tranquilo, sin distracciones y donde tengamos tiempo suficiente para dedicarnos a ello sin prisas.

Es una forma de enriquecer lo que ya conocemos y puede facilitar que descubramos variantes que no nos habíamos planteado antes, aunque claro está, para eso también hay que mantener una disposición abierta y centrarse en una misma y en las sensaciones que te vas produciendo. Su objetivo no tiene que ser necesariamente excitarse ni tampoco dejar de hacerlo, sino poder descubrir más sobre nuestra sexualidad, aquello que nos gusta y aquello que preferimos no hacer. También nos da pie para indagar sobre las desconexiones o bloqueos que tenemos cuando tocamos ciertas partes del cuerpo. Cuando nos conocemos mejor, también es más sencillo comunicar lo que nos apetece y nos gusta a otras personas.

Existen más técnicas para trabajar de forma sensorial y sensitiva nuestra corporalidad y la visión que tenemos de ella. Ya iremos hablando sobre ello…

Mentxu Abril, sexóloga y psicóloga. Coordinadora del taller Mi potencial erótico 

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