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7 Feb 2015

Los 101 consejos para la maternidad… que no te vamos a dar

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b206197aeac6286fff60f912f5713e4a Por Carolina León, colaboradora del CampusRelatoras y coordinadora del taller online “Desmontando a la madre”.

“Más vale que la cuides tú que eres la madre, no se la dejes a nadie”.

“Teta a demanda, al menos seis meses”.

“Dale suplemento, está bajo de peso”.

“Ya tiene cuatro meses, introduce sólidos en la alimentación. Insiste si lo rechaza”.

“Lo mejor del mundo es estar todo el tiempo que puedas con el bebé, a todas horas”.

“Pero si tiene dos años, ¿cómo es que le sigues dando teta?”

“No la cojas en brazos”. “Cógela en brazos que está llorando”. “¿Por qué la tienes siempre en brazos, no ves que se acostumbra?”

Nuestras maternidades están completamente invadidas por el consejo exterior. Queriéndolo o no. ¿Quién no ha recibido, desde el momento en que anuncia que va a ser madre, docenas de puntos de vista y opiniones no solicitadas? Consejo constante, machacón, invasivo. Consejo experto, cuando viene de la institución médica o de “sabios” en el terreno de la educación infantil o la crianza, autorizados por sus diversas disciplinas. O bien consejo espontáneo, habitualmente de mujeres más mayores, nuestras propias madres o suegras… Pero también de mujeres que nos encontramos en la sala de espera del médico o en la frutería, habitualmente desde la experiencia – válida pero limitada, como toda experiencia.

Algunos tienen por trabajo llenar páginas y páginas de consejos, toman como base estudios científicos, tienen interés en que hagamos lo mejor para el niño y son profesionales de gran valía, aunque no siempre tener una titulación específica es serlo. Otras te sueltan su sabiduría no solicitada repitiendo, probablemente, lo que en su época era el “estándar” de crianza, sin ninguna mala intención pero reduccionista.

Consejos, consejos y más consejos. Si os dijeran: no podéis quitaros de encima a los/as consejeras, pero podéis eliminar uno de los dos tipos, ¿con cual os quedaríais? ¿Los expertos o las mujeres mayores?

Sin duda, me quedaría con el segundo. No porque haya que tirar al inodoro toda la literatura experta -aunque ésa es una de las frases que llega en algún momento de alguna alumna en el transcurso del taller Desmontando a la madre-. Sino porque la literatura “experta” y el médico o pediatra de turno parten invariablemente de un punto: la madre es responsable en primer y último término del desarrollo, salud y bienestar del bebé o niño. Como tal será juzgada.

Cuando estábamos dando forma al taller y recopilando materiales, pedí ayuda a una psiquiatra infantil en busca de un buen texto sobre la crianza con apego. Entre mujeres que van a ser madres en contextos del primer mundo, urbanos y educados, la crianza con apego tiene muy buena acogida y constituye una de las tendencias más exitosas de los últimos años. Esa “crianza con apego” deriva de la teoría del apego que desarrollaron psiquiatras post-freudianos, en especial John Bowlby.

Si bien los libros desde esa óptica señalan cosas necesarias para los niños y niñas, toman como ineludible y única figura de apego a la madre. Esto no fue siempre así. Lo que me dijo aquella persona a la que consulté: si, para cuando se desarrolló la teoría del apego seguro, ya estaba más que fijado el rol maternal en nuestra cultura-sociedad, es normal que esta literatura se refiera a la madre como principal figura de apego.

Y no hay otra: independientemente de que vivamos en un país más “liberado” o más “patriarcal”, nuestra cultura entiende que a partir del momento de convertirnos en madres somos vehículos para el bienestar y mejor desarrollo del bebé. Eso se mama –también nosotras mamamos- desde el consejo. De cualquiera.

Cuando se derivan leyes o normas a partir de los consejos de expertos se crean bandos, y el natural fenómeno resultante es que como madres nos identificamos con una crianza o con otra y juzgamos a las que no hacen como nosotras. De espaldas unas a otras, con nuestros libros de cabecera, a menudo esforzándonos en no mostrar debilidad, ni duda, ni cansancio

Eso es actuar el “rol madre” que socialmente creamos y consumimos. Todo estaría bien si no fuese porque existe la duda, la debilidad y el cansancio, porque somos personas, y no únicamente madres.

Si digo que me quedaría con el consejo de las mujeres mayores, independientemente de si son letradas o iletradas, es porque ellas transmiten, al menos, desde su propia experiencia. Porque, si somos capaces de no escuchar consejos, o si las convencemos de que no nos miren por encima del hombro, tendremos sus historias: me quedaría escuchando a todas esas mujeres que al menos han pasado por una maternidad, sus relatos de cómo les robaron los partos, o de cómo no pudieron dar teta por tener que ir a trabajar a la fábrica, o de cómo se dedicaron a tener un bebé y luego otro y así hasta que se les agotó la capacidad reproductora, o de cómo dormían con ellos porque no había más camas que la propia y no sabían que eso tenía el nombre de “colecho”. De cómo no entienden que algunas mujeres con estudios –sus hijas o nietas- rechacen la asistencia médica en el parto o de cómo les extraña que no queramos escucharlas.

Me las quedaría escuchando porque necesitamos de mucha más comunicación natural, sin idealización ni romantización, acerca de las dulzuras y también de las durezas de esto. Como nuevas madres, habremos recibido miles de consejos pero, ¿cuántas hemos recibido preguntas? ¿Qué es lo que necesitas? ¿Qué sientes tú? ¿Qué condiciones materiales tienes a tu disposición para apoyarte en esta o aquella decisión sobre lo que crees mejor? ¿En qué te podemos ayudar?

Lo que el consejo externo hace es empequeñecernos e infantilizarnos, sobre todo si es lo único que nos alimenta. Y lo que casi seguro no ha hecho ninguna persona en nuestras maternidades es preguntarnos. Por mucho que el pediatra tenga una tabla de pesos y unas recomendaciones dictadas desde las asociación pediátrica o la OMS, nosotras sabemos: pero no solas y aisladas, sino en común. Lo que aprendemos escuchándonos es, entre otras cosas, a relativizarnos.

Maternidades existen desde el principio de la humanidad, no una sino millones, y sólo desde hace un par de siglos existe una idea sólida en torno al concepto “madre”. Escuchándonos, aprendemos a vernos en nuestra diversidad y se van resquebrajando en colectivo las ideas del “deber ser”, el juicio y la crítica, que hacemos y nos hacen. Es escuchándonos cuando empezamos a respirar de otro modo. Por ello, en este taller no damos “101 consejos” y sí desmontaje.

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