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27 Abr 2016

Las madres presentes. La Señora Bennet y compañía / por Silvia Allende

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Las madres presentes

La Señora Bennet y compañía

El pasado lunes a Jenn Díaz le publicaban en Jot Down el artículo “Niñas sin madre”, una reflexión – muy suya y muy particular- en torno a las huérfanas de la tele, heroínas como Pippi Långstrumpf, Matilda o Punky Brewster que habían sustituido a sus madres por un perro, un caballo, una profesora o un mono y, a juicio de esta autora, les va bastante bien. “Las niñas son niñas raras, niñas libres, y en las series o las películas, las madres coartan esta libertad”, dice. Vaya con las madres.

Después, en el mismo artículo y en un breve debate que tuvimos en Twitter, la autora reconocía que claro que “hay más modelos de madres”, que ella sólo había elegido estos tres. Recoger estos tres ejemplos es, como ella misma dice, mostrar que “la maternidad parece sujeta, en el ideario general, a las normas de convivencia” – en plan péinate, siéntate o lávate – y que “sin madres, podemos respirar aliviados y dejar a las niñas que sean quienes quieren ser”. Es decir, que no lo dice ella, que es el ideario general. Vaya con el ideario general.

Lo que pasa, es que con la cantidad de ejemplos que hay, la diversidad magnífica de formas de vivir la maternidad que existe, y el abanico inmenso de posibilidades de relación entre madres e hijas que se dan, si siempre nos quedamos con los tres ejemplitos que pueden dar a entender que la orfandad no daña, puede ser que estemos contribuyendo al ideario general y, además, creando ideología. Que la televisión cree ideología se entiende, que nosotras mismas contribuyamos a esto diciendo que “es la vida”, no se entiende. Yo no lo entiendo.

La orfandad sí daña

La ausencia de madres y de relaciones entre madres e hijas en nuestra televisión y en nuestra cultura, es grave. Las madres dotamos a las hijas de los recursos necesarios para sobrevivir, enseñamos dónde están los límites, acompañamos en el proceso de entender la complejidad de la vida, gestionar su propia debilidad, sus contradicciones. Si dejamos huérfanas a nuestras hijas las estamos privando de un referente fundamental en la construcción de su identidad, las estamos haciendo más vulnerables y dejando más expuestas a que otros vengan a salvarlas, a protegerlas y, de paso, hagan con ellas un poco lo que quieran.

Dice esta escritora en su artículo, “no sabemos demasiado de todas ellas (de las madres de Pippi, Matilda y Punky), pero sabemos lo necesario para no echarlas de menos o para alegrarnos de que las hayan hecho desaparecer”. Se alegrarán algunos, Jenn; por todo lo que he dicho antes, a mi, desde luego me parece un drama.

¿A quién le sobran las madres?

Pues de acuerdo al artículo, puede parecer que las madres sobramos siempre, al menos en la ficción estorbamos para construir una buena trama. El texto se cierra con un párrafo contundente en este sentido: “La madre te pide que no pises lo fregado, que te abroches la chaqueta, que te peines, que te laves los pies negros, que te acabes lo del plato, que no llegues tarde. Te mandan y mandan y mandan. Eso no queda bien en la ficción: hay que eliminar todo signo de autoridad. Una niña obediente y que acepta todo lo que le dice a su madre no daría nunca para un libro, una serie o una película. Lo tenemos claro: las madres no quedan bien”. Vaya con la conclusión.

¡Menos mal que muchas no pensaron lo mismo! Cuánto tenemos por tanto que agradecer a esas otras autoras que se rebelan contra la idea de que una madre siempre sobra, que con su trabajo y su creación contribuyen a derribar los modelos de cartón piedra. Gracias, Jane Austin por la Señora Bennet de “Orgullo y Prejuicio”; gracias, Luisa May Alcott por la Señora March de “Mujercitas”; gracias, Edith Wharton, por la Kate Clephane de “La renuncia”; infinitas gracias, Agatha Christie por la Ann Prentice de “Una hija es una hija” – que tuviste que publicar con el seudónimo de Mary Westmacott -.

Si estos referentes parecen viejunos, puedo incluso traer ejemplos más acuales, en technicolor, y agradecer a Diablo Cody la diversidad de madres que salen en “Juno”, o el personaje de Toni Collette en “The United States of Tara”. Gracias también a Amy Sherman-Palladino por “Roseanne” y por “ Las Chicas Gillmore”. (Podría, aún a riesgo de aburrir al personal, seguir eligiendo ejemplos – vaya con los ejemplos -, la verdad, se siente una bien, confiere cierto poder decidir a quien nombrar y a quién no).

Lo que quiero decir, es que todas estas son madres que no sobran – ni siquiera a la trama-, que probablemente mandarán muchas veces a sus hijas ponerse una rebequita, y se cabreaban si no recogen su cuarto y lo dejan todo perdido de migas. Pero sobretodo son madres presentes, que están ahí criando, acompañando, sosteniendo, enfrentando, odiando, resolviendo, queriendo, renunciando, disfrutando y sufriendo. Equivocándose unas veces, acertando otras. Cosas que hacemos las madres, cuando estamos presentes.

Silvia Allende

De La Quinta Ola, coordina el Café para Madres y el taller “La Maternidad en la Literatura de las Mujeres” de Campus Relatoras

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