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2 May 2015

Julietas y Medeas (Teatro&Autoficción)

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Ó: El ‘método Nanclares’.

Ó: Cómo me metí yo en este lío.

Ilustración: Alina Zarekaite

Ilustración: Alina Zarekaite

Por Lola Fernández de Sevilla

Hace más de dos años que coordiné mi primer taller de escritura autoficcional en Helvéticas, la escuela de escritura de Campus Relatoras. La autoficción es la herramienta que te permite inventar historias a partir del compost biográfico generado por tu propia vida; es decir, contar el mundo; es decir, contarte a ti misma; es decir… (Nanclares dixit; …pero vayamos por partes). Entonces hacía ya tres años de mi paso por la escuela como alumna; y del momento a partir del cual todo cambió.

Las cosas cambian siempre pero esto es algo de lo que no siempre nos acordamos. Y las mías no volvieron a ser iguales: madrugar, los sofás, las conversaciones, los árboles y las tormentas, el tatuaje de la espalda, mi cama, las hortalizas, el deseo, el tupper de albóndigas de mi madre y el dolor. Todas las cosas se volvieron nuevas.

Silvia Nanclares coordinó aquellos primeros talleres que voltearon mi mundo: ella me hizo comprender que lo que escribes siempre genera un halo sobre lo que vives, una imagen superpuesta que vuelve la experiencia más grande, más sabrosa, más… propia; que la escritura podía -puede- convertirse en una casa, en un espacio para toda la vida. (He aquí el método).

¿Y qué podía hacer yo? Ocho meses antes había perdido un trabajo en el que ganaba mucho dinero pero que me hacía muy infeliz. Me recuperaba de una crisis personal; la crisis que en mi vida ha acompañado cualquier proceso de cambio. Estaba muerta de miedo. También había comenzado a leer, en grupo, con dos amigas a las que había conocido en un taller de autodefensa feminista. Y entonces me llegó la promo de Helvéticas. Yo había empezado a escribir a los nueve años, pero en 2009 las cosas estaban a punto de CAMBIAR de verdad.

Aquel otoño visité la web de la Escuela Superior de Arte Dramático por primera vez (solo por juguetear con la idea no pasaba nada…); al tiempo que las primeras propuestas prácticas del taller de Silvia empezaban a atravesarme.

Entonces todavía no lo sabía. Pero guiada por lo que luego he denominado el método Nanclares, empecé a contarme, a narrarme a mí misma. Y ya no hubo vuelta atrás: las herencias, el nudo madre-hija, la memoria, el cuerpo… Yo.

Un viaje de la escritura al teatro, pasando por mi propia vida, por mi propio cuerpo. Porque en el fondo el cuerpo siempre sabe: cómo escribir(se), cómo escribirnos. Y a fin de cuentas, ¿no trata la escritura siempre de cambios?

Seis meses más tarde pagué las tasas para presentarme a las pruebas de acceso de la Escuela de Arte Dramático, en la rama de escritura. Y entré.

Entré en la escritura. Y me quedé a vivir en ella.

Después, bueno, bastante después, empecé a ser profesora. Mucha gente piensa que hay un salto muy brusco entre las dos cosas. En realidad no es así. Hay pocas experiencias con las que se aprenda tanto como con la de dar clase. El enfoque que se aplica en Relatoras –imbuido, claro, del propio método Nanclares– favorece la horizontalidad y el contagio permanente entre profe y alumna.

La escritura autoficcional me llevó al teatro, no sé muy bien por qué. Bueno, pensándolo desde ahora, quizá tuviera que ver con el cuerpo… No es ningún misterio decir que al escribir comprometemos todos los fragmentos de nuestra vida; también las vísceras, también la piel, también –o quizá más bien– el cuerpo. Decíamos: el cuerpo sabe narrarse, sabe contarnos; porque el cuerpo siempre sabe, siempre recuerda. ¿Y qué somos nosotras sino cuerpo? ¿Y qué hacemos al escribir sino, ante todo y sobre todo, poner el cuerpo? Escribimos –escribamos- con y desde el cuerpo; y también por él.

Y pocas cosas poseen la fuerza de un cuerpo –o de varios- en escena. El movimiento, la acción teatral portan una verdad que en ocasiones ni siquiera puede ser expresada a través de las palabras. Todo el lenguaje de los cuerpos –diversos, variados, indómitos- excede nuestros empeños como escritoras sesudas y racionales. El cuerpo intuye, sabe y quiere; y va siempre más allá…

Existe un vínculo entre el cuerpo y la escritura; que se vuelve especialmente palpable –valga la redundancia- en el teatro. Y que yo comencé a explorar, medio en broma medio en serio, en el otoño de 2009. A partir de 2010, cuando entré en la Escuela de Arte Dramático, ya no hubo vuelta atrás. Perdí tres ó cuatro kilos solo en el primer año. Y empecé a escuchar. Al precio de llorar y reír por igual, y de mantenerme en esa constante excitación que da la vida como búsqueda… Era como vivir en un perpetuo estado de viernes por la noche.

Cuerpo y escritura: para mí es problemático. Veréis. Dos años después me enamoré muy chungamente. Mi cuerpo estaba gritando de deseo y yo, aturdida, apenas daba abasto a escuchar. Adelgacé unos doce kilos ese año. Cuando empecé a recuperarme de todo aquel amor tan chungo me dio por el control -esa obsesión tan femenina-; control del cuerpo, control de la mente, control (y castigo) del deseo. Escribí el dolor: en forma de tragedia, en forma de comedia. Y de forma compulsiva empecé a contarme a mí misma (siempre, la obsesión de narrar…) lo que comía: galletas, té, zumo, dos piezas de fruta al día… (Lo poco que comía). Es muy raro cuando tu cuerpo cambia de esa manera; te miras al espejo y te has convertido en otra (¿y quién es esa otra?). En realidad controlas poco de lo que pasa, por mucho que te empeñes; pero la vida funciona a base de negarlo y creerte tu propia heroína. Mientras tanto, amenazas con desaparecer…

Al cabo de dos, tres, cuatro meses, empecé a asumir que mi cuerpo no iba a volver a ser el mismo. Bueno, no sé por qué pero empecé a confiar; quizá ganó mi cuerpo. Ya no había amor; no lo hubo, por fortuna, durante algún tiempo. Pero escribí un monólogo basado en mis frustraciones, con un personaje que en realidad eran siete, y lo monté con una actriz y un sofá. Hay algo salvífico en la narración (que permanece sin embargo suspenso en el presente continuo del teatro): lo único seguro es lo que ya ha ocurrido. En verano estrenamos en Berlín.

Y después regresé. Y seguí aprendiendo, y escribiendo. Y me fui a Bilbao y me enamoré; esta vez con alegría. Y tuve miedo, claro. También deseo. Como amante y como escritora, he hecho mucha arqueología. De alguna forma mi cuerpo se afianzó al mismo tiempo que mi escritura hacía equilibrios sobre la cuerda floja. Mejor así que al revés. Dicen que, como creadoras, tenemos que asumir riesgos. Y caídas. Tenemos que aprender, tenemos que crecer (¡eso tan difícil!).

Las Helvéticas, todas (alumnas, profesoras…), sabemos de eso.

De arrancar historias de todo lo que nos rodea. De hacer mejor la realidad gracias al ejercicio de contarla: ese es nuestro compromiso con el mundo. Y con nosotras mismas. Como profe lo he visto, lo veo todo el tiempo: la necesidad que tenemos de contar(nos). De ser.

Como profe, como alumna, como cuerpo y como escritora, creo que mi labor consiste en trasmitir, en tratar de aplicar y de vivir el método gozoso de la escritura, y de acompañar en él; el método que Silvia me legó, y que yo intento encarnar y, a veces, hasta enseñar.

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