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9 Oct 2017

Hacemos investigación militante / Por Ávila y Malo

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La investigación militante no es un método. Es una búsqueda entre investigación y militancia. Un espacio en medio: ni investigación ni militancia, pero con ingredientes de ambas. De la investigación tomamos el cuestionamiento del estado de cosas, pero también de las prácticas, las formas de vida, las instituciones, los grupos. Tomamos la confianza en lo que puede el pensamiento: enunciar, analizar, orientar, trastocar, crear. También cierta idea de rigor. De la militancia tomamos el compromiso: con lo que es de todos y para todos, con las gentes que desde situaciones particulares desafían la injusticia, resistiendo y creando otras maneras de vínculo social. Tomamos la implicación: una manera de estar en las situaciones que, de un modo u otro, se hace cargo. Y no porque cargue con un peso, sino porque acepta la pregunta de “¿y a mí todo esto cómo me interpela?”, “¿de qué manera puedo aportar?”… y lleva esta pregunta hasta sus últimas consecuencias. También una idea de lo común: de que ni el pensamiento ni las acciones son nunca una hazaña individual; siempre beben, forman parte, de un ecosistema que se cultiva entre muchas.

 

Cuando abrimos un proceso de investigación, no nos interesan los retratos sociológicos, esos que captan la imagen fija de una realidad de acuerdo con parámetros preestablecidos. Nos interesa más bien la investigación como herramienta de cartografía del terreno, de mapeo de las situaciones, sus peligros y sus posibilidades. Nos interesa la investigación como brújula para orientar las prácticas, pero también como recurso reflexivo, de autoanálisis, de esas mismas prácticas, de las instituciones, mundos de vida, contextos, culturas, en las que se inscriben.

Intentamos no sobrevolar nunca. No buscamos la mirada del pájaro, que sirve para administrar el bosque, controlarlo, bombardearlo. Aspiramos más bien a la mirada del caminante que, perdido en el bosque, necesita orientarse y encontrar a otros caminantes.

No sabemos pensar solas. En realidad, sospechamos que nadie sabe, aunque lo finja. En nuestro caso, la cuestión de con quién pensamos se ha convertido en algo fundamental. Porque las preguntas que guían cada proceso de investigación dependen del lugar en el que nos situemos, de quiénes sean nuestros aliados, de qué preocupaciones, prioridades, mundos de vida, incluyamos. No digamos ya las respuestas. Y el lenguaje en el que se formulan.

Nos importan cada vez más las maneras de decir: porque cada enunciado remite a un campo sociolingüístico, y dibuja de alguna manera un nosotros y un otros. ¿Cómo hablar desafiando y deshaciendo las fronteras instituidas, cómo nombrar problemas que son de todos de una manera que interpele a todos, y no sólo al que tenemos al lado, al que habla en nuestro mismo registro?

Lo que hacemos, lo hacemos desde el barro. Y no nos estamos remitiendo aquí tanto (o solo) a un hacer que, por su lentitud y organicidad, recuerda al del artesano. Nos referimos a que nos mojamos, nos manchamos, hasta los codos. No hay pureza, ni ideal, sí empeño, ética, persistencia. Nos inmiscuimos en la vida con todas sus vibraciones, contradicciones, ambivalencias, buscando aquello que promete resistencia, cooperación, mundo común, desafío de las posiciones y destinos asignados. Para aportar ahí nuestro grano de arena.

Débora Ávila y Marta Malo coordinan el curso El saber es un campo de batalla 

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