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15 Sep 2014

«Eso no está bien, eso no se hace» o los caramelos envenenados de nuestra vida sexual

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Ilustración:  Alberto Tenorio

Ilustración: Alberto Tenorio
Por Elisende Coladan, coordinadora del taller online "Independiza tu sexualidad: 
¡libérate, empodérate y disfruta!" que se impartirá en el Campus a partir del 29 de 
septiembre. 
Más info aquí

Hace unos meses, asistí a la conferencia sobre sexualidad de una colega sexo-terapeuta tántrica. En ella, utilizó una imagen poderosa para hacernos tomar consciencia del peso de todas las frases que hemos oído cuando éramos pequeñas y que hemos aceptado, integrándolas en nuestras vidas adultas. Habló de los caramelos envenenados que nos dieron de comer, estas frases dulces pero a la vez amargas, que nos hemos tragado sin poder lograr digerirlas. Frases, a veces acompañadas de miradas duras, juzgantes o enojadas.

Al escucharla, me vino a la mente aquella historia que nos cuentan de pequeñas, de nunca aceptar un caramelo de un desconocido, porque es un truco para hacernos daño: llevarnos lejos de los nuestros, manosearnos, abusar de nosotras, raptarnos,… Nos han enseñado a desconfiar del caramelo desconocido, haciéndonos creer que los de casa, de nuestra familia, de nuestro entorno, son los buenos. Lo que no es solo falso, sino también peligroso, teniendo en cuenta que la mayoría de los abusos vienen  de personas cercanas y no de extraños. Como dio testimonio una de las asistentes a la ponencia, quien contó como su abuelo le daba besitos en la boca, como ella odiaba eso, pero se sentía obligada a aceptarlo, y como este recuerdo la ha perseguido durante años, teniendo dificultades en aceptar gustosamente que la besen en la boca.

De la misma manera, recibimos estos caramelos como recompensa por ser una niña buena, una niña que hace lo que le dicen, que acepta ser como le dicen que tiene que ser, que deja de hacer lo que le dicen que es malo para ella.  Estos caramelos nos van envenenando poco a poco, impidiéndonos disfrutar de nuestro cuerpo y de nuestra sexualidad. Algunos los recibimos en nuestra infancia: « No te toques ahí, que es sucio », « Las niñas bien no se ponen braguitas con encajes, que son de putas », « Dale un besito al tío Juan, no seas mala », « Con tu padre lo hicimos para tenerte, pero después nunca más, eso es asqueroso » , « El sexo es algo malo para una, es un mal rato que vas a tener que soportar cuando te cases », « Hija, que gorda estás, así nunca vas a conseguir novio », « Con estos pechos tan chiquitos, no le vas a poder gustar a ningún chico », « La regla es algo horroroso que debes vivir cada mes, ojalá no existiera », «Las niñas no se besan en la boca entre ellas ». Otros nos los tragamos en nuestra adolescencia y durante nuestra vida adulta. Frases como: « ¿Todavía no tienes hijos? ¡Pero ya tienes más de 35 años! ¿Qué esperas? » « ¿Por qué no te has casado?, ¿Es que no has encontrado el bueno? », « Mujer, es que con este cabello tuyo, con este cuerpo, con esta manera de vestirte, como no te maquillas,  nunca encontrarás novio », « Que a los hombres les gustan los pechos grandes, deberías operarte », « Que siempre tienes que andar bien vestida y arreglada, porque si no tu marido va a dejar de desearte ». Estos caramelitos que nos hacen sentir el patriarcado como normal,  nos llevan a entrar en la norma social o a repetir una historia familiar, de mujeres que no disfrutan del sexo, que son madres por « deber » y a aceptar todos los « esto no está bien, esto no se hace”.

¿Cuántas frases como estas, que limitan nuestro placer, tenemos rondando en nuestras mentes, al vernos en un espejo, al desnudarnos delante de nuestra pareja sexual, al tocarnos, al masturbarnos?

He tenido la suerte de cierta manera, de no recibir muchas de estas enseñanzas en cuanto a la sexualidad. He podido masturbarme cuando y cuanto quería (e intuitivamente, siempre lo hice en donde o cuando nadie me viera, sin necesariamente esconderme). He tenido un inicio de mi vida sexual placentero, muy joven, en un ambiente propicio y con un amante poco mayor que yo, que iba a mi ritmo.  Pienso que eso me ha ayudado mucho a conocer cómo funciona mi cuerpo en cuanto al placer. Sin embargo he tenido que tragarme más de un caramelito sobre mi fisico, sintiéndome gorda y poco atractiva durante muchos años. Pero como a la vez, disfrutaba de mi sexualidad y sentía que mi libertad sexual y de vida, atraía a los demás, me fui dando cuenta de lo beneficioso que es para la imagen de una misma, tanto emocional como corporal, el tener una vida sexual placentera. No se trata de ser guapas y atractivas para tener una vida sexual que nos convenga, sino de sentirnos atractivas porque disfrutamos de una vida sexual propia agradable y satisfactoria. Quiero señalar, que cuando digo atractiva, no hablo solo de la atracción física y sexual, sino de manera general: una persona que atrae los demás, que estableces lazos, que interactúa fácilmente. Por otro lado, cuando hablo de vida sexual, quiero dejar claro que no se trata solamente de tener amante/s, pero también: vivir el placer de la masturbación, acariciarse no tan solo los genitales sino todo el cuerpo,  disfrutar de la menstruación, conocer las fases de ciclo femenino, disfrutar de la maternidad y la lactancia, sabiendo que pueden ser placenteras (es posible tener orgasmos al dar a luz y amamantado), poder escoger como y donde parir, poder decidir ser madre o no,  ver nuestro cuerpo con amor a una misma, poder mostrarlo sin vergüenza, saber qué nos agrada y qué no, poder elegir la orientación sexual que mejor nos convenga, saber que dicha orientación no es necesariamente fija, que puede ser variable dependiendo del momento…

Esta mañana justamente, por casualidades de la vida, llegó a mí el video de Alejandra Borrero, una actriz colombiana que reveló hace años ser lesbiana, en el que hablaba sobre cómo eso afectó su vida, llevándola a la depresión, pero también cómo eso hizo que las mentalidades cambiaran. En él, dice literalmente, que ella « trató de ser una niña buena, trató de casarse y tener hijitos ». Creo que esta frase suya, a muchas, nos es familiar. No soy homosexual, pero no vivo con una pareja fija desde hace ahora más de 20 años y, por periodos, he mantenido (y mantengo) relaciones con dos o tres hombres, al mismo tiempo. Eso, desde muy joven. Pasé por el matrimonio, porque lo sentí como socialmente necesario. Fue un fracaso y un periodo de mucho dolor, angustia y depresión. Desde hace poco tiempo, soy capaz de decirlo. Me ha costado horrores poder mencionarlo con tranquilidad y aun así, personas muy cercanas a mí, me preguntan con cierta ironía, cuántos hombres tengo en mi vida ahora. No me preguntan primero como va mi relación con ellos, sino cuántos tengo. Como si la cantidad fuese lo más importante. La pregunta que viene después es, con cuál estoy mejor, cuál es el más importante. La verdad es que es variable, muy variable. Por momentos es uno, por otros, otro. Como con mis amistades o con mi familia. Nada es fijo o permanente.

Nuestra sexualidad abarca tantas facetas, tantos aspectos de nuestras vidas que nos han frenado, que nos hemos ido engullendo con estos caramelos envenenados que influyen tanto en nosotras, en nuestra forma de ser. A menudo, ignoramos la influencia que ejercen en nuestras vidas y en nuestra seguridad emocional. Por eso es tan importante reconocer estas frases, desmontarlas, evacuarlas de nuestras mentes y de nuestras vidas, en un proceso de empoderamiento sumamente valioso, indispensable para poder ser nosotras mismas, vivir y disfrutar de nuestra sexualidad con la mente limpia de imposiciones familiares y sociales.

Pienso que cada persona tiene su propia sexualidad y orientación sexual, en la cual influye, obviamente, el entorno social. Pero más allá de preguntarnos que es biológico y que es condicionamiento social, es muy importante reconocer qué No nos conviene y qué Sí. Aprender a conocernos, saber qué nos gusta, qué nos hace sentir bien con nosotras mismas, qué aspectos de la sexualidad nos molestan y cuáles no. No se trata de masturbarse a toda costa, o tener experiencias sexuales diferentes, o comer de manera poco saludable bajo el pretexto que « este cuerpo es mío ». Es reconocer en nosotras lo que nos pertenece. Es vivir libre e independiente la sexualidad que mejor nos conviene, la nuestra, no la que se nos dicta.

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