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11 Ene 2017

Doña Emilia Pardo Bazán / por Pilar Gómez

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Cada tarde llego al teatro, me peino (con dificultad) al estilo de finales del siglo XIX, me coloco la media peluca con recogido trabajado y trabajoso y me maquillo suavemente. En media hora, de hombros para arriba, ya no soy de este siglo. Luego continúo con el vestuario (algo simplificado con respecto al de la época para poder moverme en el escenario): polainas, relleno con su polisón, blusa, enaguas, falda con algún volante y encajes y chaqueta de terciopelo abotonada hasta el cuello. Remato la faena poniéndome el sombrero y cogiendo el abanico y así se completa la imagen de Doña Emilia Pardo Bazán sobre mi cuerpo del siglo XXI.

Mientras entra el público a la sala, espero en el camerino con una mezcla de emoción y nervios. En ese momento de fragilidad, de estar sola y sin nada más que hacer que esperar, con esa sensación de vértigo, de abismo, de vulnerabilidad en la que se pueden oír los latidos del corazón y los movimientos de tus tripas, justo en ese momento, invoco a Emilia, le pido que venga conmigo, que me acompañe, que me ayude a contar su historia una vez más… Y curiosamente, viene.

Estoy convencida de que Emilia está contenta y orgullosa de contar su historia a través de nosotras. Emilia nos ha poseído. Anna (dramaturga y directora) y yo lo sentimos así en el proceso de ensayos, Noelia (escritora, historiadora e ideóloga del proyecto) durante la preparación del texto base, también. Emilia tenía ganas, casi un siglo después de su muerte, de tener un poco de protagonismo de nuevo.

Eso es lo que la distinguió del resto de escritoras de su tiempo. Sabiéndose muy buena en su profesión, no se conformó con que la dejaran escribir, sino que quería y reclamaba que se la reconociera públicamente igual que a cualquiera de sus colegas varones. Y por eso peleó y por eso se le acusó de impertinente, de entrometida, de marimacho, de excesiva… José Zorrilla la apodó “La Inevitable”, y probablemente no fue desacertado del todo. Ella se convirtió en inevitable.Y decidió vivir su vida como si en su tarjeta pusiera Emilio. Y esto, no terminaba de gustar en una mujer, y menos en una de clase alta y con título de Condesa.

Lo que más me maravilla de esta personalidad inabarcable que fue Doña Emilia no es su talento inmenso, ni su obra tan prolífica, ni su valentía para decir lo que pensaba, ni su ocupación en la crianza (amamantó a sus hijos cuando las mujeres de su clase social no lo hacían) y educación de sus hijos, ni su defensa del Naturalismo, ni su empeño en seguir escribiendo aunque le costara el matrimonio, ni su gusto por figurar pensara el mundo lo que pensara, ni su historia de amor con Benito Pérez Galdós, ni su mirada moderna y acertada sobre lo asesinatos a mujeres a los que bautizó de Mujericidios y sobre lo que escribió todo lo que pudo. Lo que más me maravilla de esta mujer es su capacidad de vivir la vida con PASIÓN, con pasión verdadera, con pasión en cada cosa que se le ponía por delante, atreviéndose a escucharse a sí misma y siendo capaz de vivir siguiendo los latidos de su corazón.

Me conmuevo al darme cuenta de que porque ella se atrevió, porque ella fue, YO SOY.

Pilar Gómez, actriz. Emilia Pardo Bazán en el Tearro del Barrio

 

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