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13 Oct 2015

AUTORRETRATO TRISTE. Un encuentro con mi propia imagen

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Por María Artiaga //

Recientemente he leído en el libro de David Goleman llamado INTELIGENCIA EMOCIONAL que “la tristeza disminuye el interés por los placeres y diversiones, fija la atención en aquello que la provoca e impone una pausa momentánea que renueva nuestra energía para permitirnos acometer nuevas empresas. Proporciona una suerte de refugio reflexivo frente a los afanes y ocupaciones de la vida cotidiana.” Como un break que nos permite coger aire para continuar. Sin embargo, ¿por qué no nos permitimos estar tristes? Nos autoimponemos la felicidad y la alegría constantemente, incluso la gente cercana que nos quiere e intenta cuidarnos, cuando estamos tristes nos empujan a “salir y despejarnos”, porque parece que estar triste no nos hace ningún bien.

Autorretrato Triste. María Artiaga

Autorretrato Triste. María Artiaga

Podría haber suavizado mis propias ojeras, podría haberme cepillado el pelo, ponerme algo de rimel, pintar mis labios, pero este autorretrato lo hice para mi, para verme desde fuera, para autodesvelarme mi estado.

Estaba en mi habitación, desnudándome para darme una ducha, me quité la camisa y la agarré contra mi pecho. Estuve un rato absorta en mis pensamientos, es algo que suelo hacer justo antes del baño, un momento en el que me permito tomarme mi tiempo. Últimamente además, tengo la cámara cerca, lo intento siempre que estoy en momentos en los que me siento vulnerable.

¿Para qué sirve un autorretrato? ¿Tiene que ver con nuestro ego? ¿con cierta inseguridad que intentamos aliviar viéndonos bonitas en las fotos? ¿Por qué no simplemente mirarse en un espejo?

Alina escribió hace poco en un post maravillosos titulado Háztelo mirar… por ti misma“A veces no es suficiente mirarse en los espejos, pues estos mienten”. Además de proporcionarnos una imagen que podemos modificar sobre la marcha, ésta desaparece en un instante, es casi como cuando nos hacemos un selfie, y lo borramos directamente porque lo que vemos no nos gusta, demasiadas arrugas, demasiado gorda, demasiado, demasiado,… ¡aaah la autoexigencia!

Hay varias cosas más que el espejo no tiene y que me parecen imprescindibles, que hacen que prefiera fotografiarme. Por un lado la perpetuidad de la imagen. Yo podría haber eliminado ese autorretrato nada más verlo pero ¿por qué? No lo hice para enseñarlo, ni siquiera en este foro (pero estoy en plena campaña de promoción del taller de autorretratos y me viene que ni pintado), lo hice para reconocerme, para dedicarme un ratito a mi, a verme pero de verdad, y como he dicho antes, me gusta hacerlo en momentos de vulnerabilidad.

Al mirarnos en un espejo esa imagen permanece apenas unas décimas de segundo, rápidamente cambiamos el gesto, nos damos la vuelta para vernos de espaldas, arqueamos las cejas, sonreímos. Sin embargo, el gesto de ese instante quedó suspendido en el tiempo a través de este autorretrato que me repetirá cada vez que lo mire que en aquel momento estaba triste y agotada, de hecho puede que hasta se convierta en mi propio icono de la tristeza y el agotamiento.

La otra cosa importante que diferencia al espejo de la cámara es la brecha que existe entre la intención y el efecto, algo que me resulta sorprendente y que me engancha. Es esa dimensión de nuestra identidad que no suele estar presente, que puede sorprendernos, a la que incluso a veces le damos la espalda y seguimos caminando. Sí, estoy triste, pero estaréis conmigo en que a veces no podemos permitirnos parar ni a tomar aliento y poco a poco nuestros ojos se van hundiendo y nuestras ojeras se pronuncian. Lo pregunto de nuevo ¿por qué iba a borrarlo? Considero esa foto valiosísima porque me da respuestas honestas acerca de mi. ¿Qué sentido tiene negar mi estado de ánimo? ¿qué tiene de malo no estar al cien por cien dándolo todo, siendo la más simpática, la más cool, la que más seguidores tiene en INSTAGRAM y la que cierra siempre los bares? Lo peor de todo es que no es solo una imagen que borramos, es una parte de nosotras a la que le damos la espalda, no podemos permitirnos estar cansadas, ni tristes.

Pensemos en todo aquello que somos cuando no somos ante nada ni nadie, cuando sabemos que no vamos a ser juzgadas. ¿Qué relación íntima tenemos con nuestra imagen? ¿Sabríamos contestar a eso? Pues creo que ahí es donde reside la clave del autorretrato, en perder esa rigidez que tenemos con nuestra propia imagen debido a prejuicios, estereotipos o premisas forzadas. Un autorretrato parte simplemente de un acto íntimo con nosotras mismas, como una confesión en voz bajita, sin que nadie se entere más que nosotras.

¿Para qué entonces pelearnos con nuestra propia imagen? para qué mentir, si podemos disfrutar de un cara a cara sin más pretensiones que encontrarnos y sorprendernos, reconocernos y querernos.

Olvidémonos de la exhibición, de lo que nos han enseñado sobre la fotogenia y fotografiémonos con la única aspiración de buscar un espacio físico y emocional en los cuales seamos enteramente protagonistas. Será ahí donde nos topemos con esa brecha entre la intención y el efecto, donde se produzca un encuentro fortuito con nuestra propia imagen y nos descubramos de verdad. Sí, me siento triste, me lo confieso y esta fotografía no solo me parece un buen recuerdo de este momento, sino que me permite saber que también pasará.

Y honestamente, no me importa en absoluto que mis ojeras no me favorezcan.

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