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21 Abr 2015

ALI ENTRE JARAS O EL RETRATO COMO VEHÍCULO DE MIS IDEAS

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Por María Artiaga

Volvíamos esta mujer de la foto y yo de dar un paseo por el campo. Hacía una tarde maravillosa, algo nublada y con ese extraño bochorno de la tímida primavera andaluza.

En el paseo estuve tomando fotos y a la vuelta iba sosegada, con la sensación de que había conseguido algo. Ali caminaba más rápido y ágil, yo cámara en mano me quedaba rezagada detrás entreteniéndome con la visión de alguna rama muerta.

Alcé la vista y la vi caminando de espaldas, en mitad de toda esa espesura de jaras y el atardecer al fondo. Le robé un par de fotos mientras caminaba. Entonces le pedí que parara y me mirase. No disparé demasiado, fue casi como una instantánea, cosa que me sorprende ya que las sesiones que hago suelen estar controladas al milímetro.

Poco después edité unos 20 retratos, una especie de resumen de todo un año y medio de trabajo. Poner las fotos sobre la mesa todas juntas me ayuda a saber hacia dónde voy, qué quiero contar. O a volverme loca intentando poner imágenes en palabras. El caso es que esta imagen de Alina, merecía estar en esa edición.

Siempre recuerdo esa frase del fotógrafo Navia “Si supiese ponerlo en palabras, no haría fotos”. Aún no sabría muy bien poner en palabras mis imágenes, afirmar con seguridad de qué estoy hablando. Intuyo cierta fragilidad, no en las personas sino en los momentos, me interesan los estados que no se instalan, la levedad de ciertas situaciones, la siempre imaginación está presente. Y sobretodo hablo de mí misma a través de todas esas mujeres que fotografío.

Trabajo desde la intuición y creo que es una buena forma de hacer retratos. Conozco a las personas, alguien llama mi atención, casi siempre una mujer y la imagino ahí, sobre mi mesa rodeada del resto de mis imágenes. No me gusta hacer un retrato si no he imaginado a esa persona antes, cuando lo he intentado, apenas he conseguido nada. Prefiero premeditarlo, tener una idea más o menos clara sobre cómo quiero fotografiar a la modelo y entonces quedar con ella y buscar esa imagen que tengo en la cabeza. A veces tengo más energía y la consigo, otras veces la modelo me vence.

Me encanta la idea del retrato como un pulso entre la modelo y yo. Ésta siempre suele intentar mostrarse tal y como desearía que la viesen, como le gustaría verse a ella misma. Del otro lado, quien toma el retrato trata de imponer su visión, en ocasiones extraña. Si gana la modelo, no suele desvelar nada nuevo; si gana la fotógrafa, puede abrirse una puerta a un mundo personal que antes estaba cerrada. En ocasiones ocurren diálogos interesantes donde aceptas las opciones que te da la modelo y las asumes en el retrato.

Pero siempre es emocionante el proceso. Conoces a alguien, te lo imaginas, te lleva a su casa, te peleas con el espacio, con la luz, intentas desnudarle (a veces literalmente) y de pronto ocurre la imagen que buscabas, otras veces dejas reposar las fotos unos meses y cuando vuelves a mirarlas sigues sin ver nada. Y entonces coges esa fotografía que tanto te ha costado, la arrugas en una pelotita de papel y te la tragas. Si te pasa eso varias veces seguidas, el papel comienza a cristalizarse a su paso por tu garganta, y duele. Como cualquier frustración en la vida.

En muchas ocasiones no me vale con una sola sesión, tengo que volver a fotografiar a esa persona. De hecho, creo que esa imagen de Alina surgió así después de mucho tiempo fotografiándole. Durante una época incluso, cada vez que quería practicar con la cámara analógica de formato medio, la llamaba a ella. Después de tantas fotos se ha acostumbrado a la presencia de mi cámara en nuestra relación. Me encantaría conseguir eso con otras personas, acostumbrarlas a tomarles fotos hasta que se dejen hacer, moldear, dirigir. Al fin y al cabo, la fotografía es una manera de relacionarte con el mundo, con las personas.

He leído muchas veces esa comparación de que la fotografía es como la poesía, evocadora y fragmentada. Para mi esas personas son vehículo de mis ideas, son una herramienta para contar mi historia, una parte de ella. No me interesa la naturalidad, de hecho, no creo que exista en la fotografía, creo que existen las instantáneas pero incluso eso es un momento que decidimos capturar personalmente por algo, sigue siendo nuestra opinión, nuestra visión del mundo. Creo que lo interesante es contar algo sobre nosotras en esas imágenes. A veces sentiremos el rechazo de quien fotografiamos -“¡pero yo no soy así!”-, sinceramente no me importa en absoluto cómo seas. No creo que debamos definir en una fotografía, yo prefiero evocar, es más interesante ¿no?. Y me pongo muy nerviosa, para mí es un motor, el subidón de creer que vas a hacer un buen retrato, imaginarte el proceso y finalmente encontrarte allí frente a la modelo para convertir todo aquello en esa imagen que tienes en tu cabeza.

Dice el fotógrafo Alec Soth, uno de mis preferidos, que “La fotografía es el arte de la limitación. Encuadrar el mundo. Es tan importante lo que dejas fuera como lo que decides incluir”.

Hay que tomar decisiones, algunas inmediatas y sobretodo ser capaces de expresar nuestra opinión, no tener miedo a ser juzgadas, arriesgar. Y trabajar, trabajar y trabajar solo por el hecho de hacerlo, porque nos sintamos bien en el proceso. Encontrar nuestras maneras, la forma de fotografiar que nos hace sentir cómodas y ponernos a ello.

Escribo un poco cada día, sin esperanza, sin desesperación

Isak Dinesen

Cuando estudiaba fotografía los profesores de la escuela repetían mucho que la fotografía es una carrera de fondo. Yo que era más joven y apenas tenía ni idea de lo qué quería hacer, no entendía aquella frase en absoluto. Me dedicaba a producir y producir sin parar con esa extraña necesidad de feedback inmediato, en la misma pantalla de la cámara, soñando con llegar a tener mi exposición individual en alguna galería importante o de presentarme a Descubrimientos de PhotoEspaña en ese mismo instante. Ansiosa e impaciente, aquel discurso de la carrerita de fondo me parecía aburrido y desfasado para la era digital.

Luego llegaron las redes sociales, mi blog, etc. Y es curioso que en esa última edición que hice hace unos días, no incluí ninguna de esas fotos con las que aspiraba a convertirme en la fotógrafa revelación del año. ¡Se cayeron todas! Sin embargo tengo estas otras que ni siquiera quiero exponer, como si al hacerlo pensara que voy a deshacerme de ellas y dejarlas caminar solas a su suerte. Es mi trabajo, yo sabré cuando esas fotos están preparadas para ser mostradas. El feedback ocurre en la intimidad de mis amigos, muchos de ellos fotógrafos y fotógrafas que sé que pueden darme opiniones más certeras. Mi pareja me ayuda mucho con la edición, él tiene esa capacidad para ver el todo desde las partes, el centro, las imágenes transversales, las que se salen, las que son imprescindibles. Es bueno tener una mirada externa cuya opinión pueda guiarnos un poco, alguien en quién confiemos.

Pero ya no siento esa impaciencia, bueno,… a veces, pero la venzo proponiéndome quedar con otra persona para fotografiarla. Prefiero la búsqueda, me tranquiliza no pensar en propósitos mas allá de hacer un par de buenos retratos al mes. Sí, es una carrera de fondo, fotografiar sin prisas, pero sin dejar de hacerlo y encontrando diálogos interesantes en el camino.

Parafraseando a Dinesen, fotografiar un poco cada día, sin esperanza, sin desesperación.

María Artiaga, coordinadora del taller “Seré tu espejo. Taller de retratos fotográficos

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